Armonía Espiritual – Miércoles 30 de julio de 2025
Tere Agustinovich
¿Realmente estás viviendo tu vida?
¿O estás cumpliendo un mandato familiar?
Hay hombres y mujeres que creen que están viviendo la vida que desean, sin darse cuenta de que en realidad están viviendo desde una programación inconsciente.
Por ejemplo, hay mujeres que dicen: «Soy feliz viajando, tengo varias empresas, me encanta mi vida, me siento realizada». Sin embargo, llega un momento en que todo eso que han logrado no las llena. Poco a poco sienten que algo les falta, y entonces se preguntan: ¿Qué está pasando? ¿Por qué no logro ser feliz del todo?
Y es ahí donde aparece la verdad: de libertad, nada. Porque al mirar con más profundidad, descubren que han estado reparando a las mujeres de su clan: aquellas que no pudieron estudiar, que vivieron una cárcel emocional, que se dedicaron por completo a sus hijos y a un matrimonio que las hizo sufrir.
El mandato inconsciente fue: «Yo no viviré como mi madre. No seré una mujer reprimida ni infeliz.» Pero, al vivir en función de ese mandato, sin darse cuenta, terminan sufriendo también. Con el tiempo, se dan cuenta de que no han construido una familia, no han hecho lo que realmente deseaban… están solas y tristes.
A los hombres les ocurre algo similar. Muchos creen que son felices porque se han dedicado a la espiritualidad o a la religión, convencidos de que han encontrado su propósito. Pero con el tiempo sienten que algo dentro de ellos no está en paz. Y en la intimidad, cuando nadie los ve, hacen cosas que consideran prohibidas. Luchan por no hacer daño, pero en esa represión terminan haciéndolo de otra manera: a través del juicio, del desprecio silencioso, de la superioridad disfrazada de “luz”.
Eso también es un mandato: «Yo no seré como los hombres de mi familia.» Pero esa rebeldía inconsciente tampoco da felicidad, porque sigue siendo una reacción al dolor, no una elección libre.
Y hay que entender algo importante: estos mandatos no son conscientes, ni para quien los carga ni para quien los transmite. Se heredan en silencio. Por eso, el trabajo de liberarse comienza con una introspección honesta: mirar hacia dentro y descubrir esa verdad que cuesta reconocer.
La felicidad no se encuentra siguiendo esos mandatos, sino reconociéndolos, observándolos, comprendiendo el dolor de mamá o de papá, y tomando la decisión de trascenderlo con amor. No desde el juicio ni desde la culpa.
No lo hacemos porque, en el fondo, seguimos juzgando a nuestros padres. Y ese juicio no es casual: lo aprendimos de pequeños, al verlos sufrir. Mamá o papá nos transmitieron el mensaje: “Tú no debes sufrir como yo”, sin saber que con eso también nos condenaban a repetir el dolor.
Y al reconocer esto, también entendemos que muchas veces estamos haciendo lo mismo que ellos, justo eso que tanto criticamos.
Como en el caso de esa mujer que lucha por no depender de un hombre, como lo hizo su madre. Pero aunque parezca independiente, en el fondo está repitiendo el mismo patrón: vive con miedo, sin abrirse al amor, sin confiar. Su prisión es distinta, pero sigue siendo una prisión.
Y ese hombre espiritual, que no quiere imponer como su padre lo hizo, termina imponiendo su forma de pensar desde la luz. Juzga por dentro, critica aunque se calle, se incomoda profundamente cuando otros no piensan como él.
La verdadera libertad no es hacer lo contrario a nuestros padres. Es hacer lo que realmente deseamos, con conciencia, con amor.
El trabajo no es huir, ni cambiar de vida externamente. El verdadero trabajo es mirar hacia dentro, cuestionar si esa vida que parece satisfactoria lo es de verdad, o si solo estamos cumpliendo una misión que no elegimos.
Y eso se nota en los síntomas diarios: en el aburrimiento, el malestar corporal, los conflictos que se repiten, las relaciones que desgastan, los deseos que no se cumplen, los accidentes pequeños pero frecuentes. Todo eso es la vida hablándote.
Cambiar lo externo puede ayudar… pero si no hay un cambio interno, todo volverá. Solo cuando el cambio viene desde la conciencia, desde el amor y no desde el resentimiento, es que realmente comienza la transformación.








