UN MENSAJE PARA EL ALMA — Jueves 11 de Septiembre de 2025
Tere Agustinovich
El ego, entendido como el “yo” que construimos a partir de nuestras percepciones, pensamientos y emociones, es un mecanismo que muchas veces distorsiona la realidad. Se nutre de creencias, filosofías, recuerdos y experiencias que, lejos de mostrarnos la verdad completa, nos entregan solo fragmentos, creando una visión parcial y, en ocasiones, completamente desvirtuada.
Cuando dejamos que el ego dirija nuestra vida, nos encontramos atrapados en sus trampas: buscar la aceptación constante de los demás, vivir de acuerdo a sus expectativas o imponer nuestras propias ideas como si fueran verdades absolutas. Así terminamos viviendo desde una ilusión, donde el valor personal depende de la mirada ajena, donde ser queridos significa sentirnos plenos y ser rechazados equivale a creer que no valemos nada.
El ego genera un escenario en el que competir, presumir, discutir, compararnos o imponer razones se vuelven actitudes frecuentes. Es la fábrica de falsas creencias que terminan gobernando nuestras decisiones y que nos alejan de nuestra esencia verdadera. Bajo su dominio, se transforma la paz en enemiga y al conflicto en aliado, porque el ego siempre necesita defenderse, demostrar y sobresalir.
Pero también existe otro camino: el de vivir desde el espíritu. Este modo de vivir nos invita a reconocer que cada persona tiene su individualidad, a no tomarnos nada de manera personal y a aceptar que no necesitamos la aprobación de los demás para ser quienes somos. El espíritu nos enseña a dialogar desde el respeto, a desarrollar la empatía, a valorar a las personas por su sola existencia y no por sus logros o apariencias.
Cuando somos conscientes de las trampas del ego, comenzamos a disolver los autoengaños que producen sufrimiento. En esa disolución emerge la posibilidad de volver a conectar con la paz interior, esa que está más allá de lo que creemos ser y que forma parte de nuestra esencia. Comprender que tenemos la libertad de elegir qué realidad aceptar y cuál rechazar es un paso fundamental para recuperar nuestra autenticidad.
Vivir desde el espíritu no significa renunciar a nuestra identidad, sino reconocer que somos mucho más que pensamientos, ideologías o conquistas. Significa mirar más allá de los juicios externos, hablar con amabilidad en todo momento, neutralizar la negatividad y dejar espacio para que la serenidad y el amor sean quienes marquen nuestro rumbo.
En definitiva, identificar y trascender el ego no es tarea sencilla, pero es el mayor acto de libertad que podemos regalarnos. Solo así, dejando de lado la necesidad de aceptación o la obsesión por tener la razón, podremos reencontrarnos con lo esencial: nuestra verdadera paz interior.







